13 dic. 2010

Puñal al aire, a ver quien lo coge

Me paso el día con alguna canción rondándome la cabeza. Siempre estoy tarareando algo, intentando recordar quién era el artista que compuso tal cosa u otra; incluso me intriga el hilo musical del ascensor y, si no lo conozco, investigo quién carajo pensó en algo tan genial. Busco, escucho, recuerdo. El único punto de mi vida que tiene algo de orden es la carpeta “Música” de mi ordenador. El único sitio que guarda orden alfabético y en el que mi latente síndrome de Diógenes no invade el espacio vital de los demás. Por si no ha quedado claro, adoro la música. La adoro, no puedo pasar un día sin ella. Mi madre toca el piano y yo dejé de tocarlo de pequeño porque era (aún más) imbécil. Un poco más crecidito, mis amigos empezaron con una banda (o un conjunto como diría la arriba mencionada) y ya el tema común de conversación no podía ser otro. Siempre: música.

En este Erasmus he hablado más que nunca sobre arquitectura. He aprendido más que nunca sobre lo que se supone que va a ser mi profesión y sin embargo me apetecía seguir creciendo por otro camino. He echado de menos hablar sobre las novedades del mercado, sobre los clásicos y las evoluciones de los estilos. Las influencias, los cambios, los éxitos, los fracasos que para nosotros son un éxito y las exquisiteces que cada uno de nosotros puede aportar a los demás. Los conciertos, los festivales, los grupos, los bares. De pocas cosas me siento más orgulloso que de mis amigos músicos. Aparte de por lo que les aprecio como amigos, por el torrente de sangre que sus acordes bombean a mi cerebro. Siento desde la grada sus nervios, sus ilusiones, sus alegrías y sus ganas de expresar algo. Ganas de expresar algo que, por ser quienes son, muchas veces sé qué es. Sabré qué cuentan con su música incluso aunque uno acabe tocando en la orquesta Mondragón, otro con Chayanne, y otro con el mismo Jimi Hendrix clonado y resucitado.

Hoy he empezado a hacerme una lista de reproducción y he tenido que borrar la mitad según la iba escuchando. He acabado tan harto que al final he quitado la música. Supongo que será morriña, no lo sé, pero el hecho es que por una vez no me apetecía escuchar nada. No es que cada canción, cada estrofa, pueda recordarme a un momento separado (que también). La música tiene el poder de hacernos recordar cosas increíbles, como lo fueron las 16 horas de carretera con sus 16 horas de música de la mano del gran Vila para llegar hasta Bélgica sanos y salvos. No era eso. Todas me recordaban a una persona. Uno de esos amigos que cuentas con los dedos de una mano y que siento como cada día me da un poco más la espalda. Cada canción me hace dudar entre llamarle otra vez o mandarle a buscar setas al Everest. Cada canción me da un punto de vista distinto y aún no sé que decir. No es que esté en todas ellas. Dudo que algunas las haya escuchado nunca (es un oldie, un clásico, un rock star al más estilo Lebowsky) pero empiezo a sospechar que últimamente le tengo demasiado metido en mi cabeza. Supongo que tendrá sus razones, que algo he malinterpretado y que toda la mierda que se cuece en Valladolid sólo me ha salpicado por cercanía… O lejanía. Él tiene su guitarra para expresarse, yo un teclado de ordenador. Él no dice ni mu, yo suelto indirectas muy directas.

Ay la Navidad, momento de reencuentros. Y tío, ya está bien.

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