27 ago. 2010

Hide and Seek

Odio el verano. Mientras a algunos el sol les pone alegres, a mi el calor me convierte en algo parecido a un zombi. Y la no-vida de un zombi no estaría tan mal si no fuera por las maravillas de la vida universitaria que te invita a estudiar para Septiembre (excepto a aquellos aventajados y afortunados, que siempre los hay). Cuanto más tiempo libre tengo, más tiempo desperdicio. Y cuanto más tiempo desperdicio, menos ganas tengo de hacer algo productivo. Cada palabra que tecleo en el ordenador la saco a desgana, y haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que me queda (o sea, bastante poca).

Sin tensiones, sin nervios, sin alguna situación que me obligue a estar alerta todo el día, o incluso que me enfade, no soy capaz de rendir. Hay que ser imbécil. Quejarme por llevar una vida ociosa y cuando estoy hasta arriba no deseo otra cosa más que acabar de una vez. Estas cuatro líneas podrían ser un típico, tópico, y tépico (si, me he inventado una palabra) tema sobre querer lo que no tenemos, y bla bla bla.

No, es algo mucho más banal: odio el verano. Quiero poder llevar de nuevo abrigo largo, sombrero, bufanda, guantes...vivir de noche, combatir la temperatura con un café a la luz de un neón mientras ves pasear a la gente deprisa, en busca de refugio. Quiero que al respirar mis pulmones condensen el aire y una pequeña nube blanca salga de mi boca y así comprobar con mis ojos que sigo vivo. El verano para mí es una pausa en la vida, unos meses en el año que pasan flotando irreales, o reales como un sueño, que me suelen servir para cambiar de imágen. Un alto en el camino, un borrón y cuenta nueva para empezar de nuevo el invierno.

Déjame en paz Calor, déjame en paz verano, déjame en paz Valladolid. Me voy a Bélgica, me voy al Norte, me voy al frío (espero)